Novela: ‘Haz memoria’

La editorial dos Bigotes presenta una novela, clásica en estructura y arriesgada en temática, que retrata la relación entre las voces silenciadas durante décadas y la memoria histórica.

«Las casas transcienden la memoria». Con estas cinco palabras Gema Nieto (Madrid, 1981) comienza el relato de una cruda historia. Podríamos buscar un sinónimo menos agresivo, pero el efecto seguiría siendo el mismo. En ‘Haz memoria’ cada párrafo de la novela es la tapia de un cementerio en el 36 —no sabes qué puedes encontrarte cuando te asomas— y cualquier frase se convierte en un torrente de emociones que corta la respiración como el baño en un río en pleno invierno. Al fin y al cabo, habla de la Guerra Civil y no existe otra forma de relacionarse con ella.

En la novela, la columna vertebral es la Rusa, una matriarca autoritaria que vela por el bienestar de su estirpe junto a su marido, el Zar, que, pese a su mote, se encuentra en un polo diametralmente opuesto al de su cónyuge a nivel emocional. La familia la completan las tres hijas —las mayor, silenciosa y reservada; le mediana, bella y delicada; la menor, aventurera y feminista— y un hijo sensible y quebradizo. Muchos añosconbigote después, la nieta de la Rusa —hija de la mediana— llega a la casa del pueblo en busca de unos papeles legales y destapa la verdadera historia acaecida en la familia durante el preludio y los primeros años de la Guerra Civil —«Poco tiempo después, muchos de ellos estarían muertos, caídos bajo la metralla y el polvo y la sangre, los que ahora reían allí en la verbena (…)», anuncia la narración—.

En el estilo de Nieto destacan principalmente dos cosas: por un lado, una brillante prosa lírica acompañada de unas imágenes literarias acertadísimas. Por otro, una sintaxis con frases largas, enrevesadas y laberínticas, como la propia memoria. Aún así, contra lo que pueda parecer, la lectura no se antoja complicada. Quizá se deba a su propia estructura: la autora va ejecutando pequeños zoom sobre cada uno de los personajes hasta que termina abriendo el plano y mostrando un retrato coral, como un puzzle recién terminado. Todo, aunque aparentemente desordenado, se encuentra en su lugar exacto, como el mueble del salón de la abuela, copado de fotografías de toda la familia. Cada una en su lugar. Incluso la ausencia de nombres propios —únicamente bautiza a uno de los personajes con un nombre revelador: Clara— parece ser la mejor opción para contar esta historia que se convierte, por este simple hecho, en concreta y general a la vez.

Podríamos decir que ‘Haz memoria’ es una casa de Bernarda Alba en la que sus habitantes han podido, al contrario que las hijas de la viuda creada por Lorca, salir al exterior. En esta historia los personajes no se encierran en una casa, sino que quedan atrapados entre las cuatro esquinas de un país asediado por la guerra, el machismo, la homofobia y la intolerancia de una época que aún hoy masticamos con dientes de acero, pero que nunca, jamás, conseguiremos digerir.

Pero más allá de la importancia literaria de esta novela —que no es tema baladí—, también debemos fijarnos en su dimensión social. Vivimos en una época en la que parece que reclamar justicia para una parte de la población que se ha convertido en Haz memoria portadapolvo mezclándose con el fango de las cunetas durante décadas es cosa de terroristas. Habitamos una sociedad donde la obsolescencia programada mental campa a sus anchas y el pasado se cuenta en versiones de Iphone. En un mundo así, esta obra es fundamental para reclamar lo que moralmente le pertenece a todos las víctimas de un engendro que, en un momento dado, decidió que la libertad se limitaba a elegir si rezar de rodillas o hacerlo de pie. El mismo engendro al que ahora intentan sacar de un lugar que construyó para perpetuar sus cuarenta años de terrorismo social y en el que sus seguidores gritan a pleno pulmón: «¡No removamos el pasado! ¡No dividamos al país!».

Ojalá una gran partida de ‘Haz memoria’ en los congresos de los partidos de derechas para que, cada vez que abran la boca, meterles el libro. A ver si así, de una vez por todas, se dan cuenta de la realidad.

«Los años no vuelven. Esta es una verdad sencilla y cegadora como un desierto»

 

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