Entrevista a Ramón Martínez: «Lo queer ahora es algo que se vende»

El conocido autor, que utiliza la cultura como principal herramienta de activismo, nos habla sobre feminismo, el estado del movimiento LGTBI en España o su trilogía de ensayos.

Ramón Martínez (Madrid, 1982) es ese tipo de personas que después de tomarte un café con ellas te hacen sentir pequeñito, porque son un pozo de sabiduría, pero al mismo tiempo afortunado por dejarte estar a su lado para aprender. Una sensación parecida tuve el día que quedamos en una cafetería del barrio de Chueca (¡la moribunda Chueca!) para hacer RamonMartinezFOTOesta entrevista. Sus palabras hicieron que más de uno se diera la vuelta en las mesas circundantes para pegar la oreja y escucharlo. Y es que el jodío, aparte de sabiduría, tiene mucho carisma. Cuando uno se sienta frente a él y te habla sobre, por ejemplo, feminismo o activismo LGTBI —o, dicho de otra manera, sobre igualdad que es lo que realmente le importa— ese Ramón divertido, con gags a lo Martes y 13, se convierte en quien te hace sentir que el mundo, con más gente como él, sería mucho mejor.

En el momento en el que parece que todo está conseguido para el colectivo LGTBI, ¿cuáles crees que son los retos que tenemos por delante?

El primero de todos es luchar contra la idea de que todo está conseguido. Es verdad que casi todas las legislaciones, en nuestro país al menos, lo está. Falta algún texto legal de medidas positivas, pero saldrá en cosa de un año como tarde. En realidad, el granculturahomofobia problema es llegar a ser totalmente conscientes, como ciudadanos y ciudadanas, que el objetivo final no es hacer una ley de matrimonio, una ley trans, una ley LGTB o como quieras llamarla. Ese es el objetivo de una serie de reformas que se llevan reivindicando desde los años noventa, pero el objetivo final es acabar con la discriminación.

¿Y cómo alcanzar algo tan aparentemente utópico?

En primer lugar, no se puede conseguir solo con leyes, hacen falta muchas más cosas. Lo que ahora debería hacer el movimiento LGTB es, principalmente, trabajar en la concienciación del problema que supone la homofobia, la bifobia y la transfobia porque solo así seremos capaces de darnos cuenta que queda mucho trabajo por hacer. Y claro, una vez conseguido esto, dar una respuesta eficiente a esos problemas. Una transformación social, una revolución, no puede tener una ley como único objetivo. Puede tenerla de origen, pero no ser su final.

Entonces, ¿hacia donde  se dirige ahora el activismo LGTBI español?

Está viviendo el típico periodo de cambio, fin de trayecto, a la espera de uno nuevo. Hace ya muchos años del matrimonio igualitario y nos hemos quedado sin saber hacia donde caminamos. Por ejemplo, hay gente empeñada en sacar adelante la ley LGTB. Yo creo que es una ley muy mejorable que habría que repensar y mejorar antes de enmarcarnos en esa estrategia que, además, como estrategia es cuestionable. Lo que nos viene por delante es un misterio y podemos hacer dos cosas frente a ello: asustarnos, negar el problema y seguir en el impasse de “bueno, seguimos haciendo lo que hacemos hasta ahora porque parece que funciona” (aún cuando es evidente que está dejando de funcionar) o aventurarnos a imaginar nuevas cuestiones, que incluso pueden estar escondidas en nuestra propia historia como movimiento. Evidentemente, hay una tercera posibilidad que es cerrar el chiringuito, pero hay algunas entidades que tienen tanto miedo a eso que van a acabar cerrándose a sí mismo por inacción. La revolución LGTB que llevamos haciendo casi cincuenta años tiene que ser una revolución permanente, plantear nuevos retos y, una vez conseguido lo poco que se consigue, saber a la perfección cuál es el siguiente paso. En este momento postmatrimonio pecamos de no tenerlo muy claro. Por eso han nacido tantas ideas contradictorias, sumamente identitarias y, como siempre intento decir, mucho más estéticas que éticas. Estamos en un momento de transición y, como en todas las transiciones —en España ya lo sabemos— o la hacemos bien o acabará como acaba.

También eres un conocido activista de los derechos de la mujer, ¿cuáles crees que son los puntos de unión entre el feminismo y el activismo LGTBI?

Si no hubiera sido por el movimiento feminista y su reivindicación del derecho al aborto no se hubiera cuestionado nunca que el sexo no tiene la finalidad última de la reproducción. Eso abrió la puerta a que no solo las mujeres pudieran reconocer una sexualidad no destinada a tener hijos, sino mucha más gente. Creo que ese el punto de unión fundamental que nadie tiene en cuenta, pero que en los años ochenta, setenta sobre todo, sí que se valoró. A partir de ahí, ha empezado a crecer dos movimientos paralelos y hermanos, en los que hay muchas más cosas en común. Por ejemplo, la idea del cuestionamiento de género. Es decir, la sexualidad, cada vez más, es un comportamiento que también se recoge dentro de los roles de género y el cuestionamiento que el feminismo hace de la imposición del genero hacia las mujeres abre las puertas a cuestionar también la que hace a los varones. Eso nos permite defender una posible abolición del género como mandato específico. Parece muy complicado pero en el fondo creo que esta es la teoría que sustenta, o debería sustentar porque no lo llega a hacer del todo, el movimiento LGTB.

¿Qué argumentos darías para todos aquellos que consideran que oponerse a la gestación subrogada es un acto homófobo o contrario a la libertad?

Es una pregunta complicada porque requiere un montón de profundizaciones. Por un lado, decir que oponerse al vientre de alquiler es homófobo resulta peligroso porque desvirtúa la concepción de homofobia. La homofobia no solo es una idea, es también un conceptualización que sirve para comprender problemas y, si desvirtuamos ese concepto, el problema se desdibuja. La homofobia se basa es discriminar a personas LGTB, sobre todo a gays y lesbianas, por el hecho de serlo. Cuando muchos feminismos se oponen al vientre de alquiler no lo hacen porque vayan a subrogar vientres parejas del mismo sexo, lo hacen porque tienen la convicción absoluta de que nadie debe mercantilizar el cuerpo de una mujer, ya sea de una manera más o menos altruista. Lo que está haciendo con el vientre de alquiler es cosificar a la mujer y emplearla como una herramienta para conseguir algo que no es un derecho, sino un deseo. Cuando los gays y las lesbianas reivindicamos el derecho a la paternidad lo que reivindicamos es el derecho al ejercicio libre de la crianza de menores. ¿Cuál es el gran problema de esto? Que no nos dejaban ni criar, ni educar a menores en su momento. En el caso de los vientres, el problema es el altruismo, esa decisión individual de una persona. Y es que para garantizar la libertad de una absoluta minoría no se puede comprometer la libertad de una gran mayoría de personas. Está a punto de demostrarse, si no está ya demostrado, que ese altruismo del que se hace eco quienes tratan de defender la gestación subrogada, también compromete la libertad de muchas mujeres. Una ley absolutamente altruista, como puede ser la inglesa, permite que al año en Reino Unido una minoría, creo que apenas llega a veinte casos de mujeres, decidan libremente y sin prestación económica a cambio ceder su capacidad de gestar a otras personas. Pero esa misma ley permite que doscientas familias aproximadamente vayan al extranjero y adquieran a cambio de dinero un hijo. Si para garantizar la libertad de veinte personas comprometemos la de doscientas, la estadística es evidente y muy preocupante. Ese es el gran debate que está detrás de todo esto, ¿hay libertad colectiva en una decisión individual? Creo que no.

¿Estos argumentos contra los vientres de alquiler pueden ser extensibles a la prostitución femenina?

En el fondo, el debate viene a ser lo mismo: hasta qué punto una persona puede disponer de su cuerpo y hasta que punto es ético una disposición libre y liberal del propio cuerpo sin atender a nada más que la propia decisión individual. Es evidente que todas las mujeres tienen derecho absoluto a disponer de su cuerpo. Es innegable. Sobre todo se utiliza para garantizar el derecho al aborto. Yo no creo que exista libertad si la decisión libre de una persona compromete la libertad de otra. El concepto de libertad siempre es colectivo por necesidad. Una decisión libre de una persona tiene que garantizar que muchas otras personas van a ser libres con esa decisión. Esa es la ética que intento seguir siempre.

¿Qué papel crees que juega la cultura dentro del activismo LGTBI?

Cada vez me doy más cuenta de que la cultura tiene que ser un eje, ya no solo vertebrador, sino fundamental absoluto del movimiento LGTB. Si consiguiéramos que hubiera referentes culturales en institutos, mucha gente accedería a información apta, válida y profundamente comprometida de una forma mucho más tranquila. No hace falta ir a dar la matraca como activistas individuales, con la cultura podemos encontrar muchos recursos y referentes que tenemos que recuperar y poner en su lugar. Como ejeloNuestroSiqueesmundial vehicular de la reivindicación puede llegar a ser mucho más útil que el propio discurso puramente político-activista. Hay que ser conscientes de que la TV, las películas, las series, los libros, etc. ayudan mucho más incluso que una charla puntual en un curso determinado. OT, por ejemplo, ha hecho mucho más por la concienciación de una generación que muchas charlas en institutos.

La LACAH (Liga Artístico-Cultural Anti-Homofobia) salió a la calle en el Orgullo de 2018, reivindicando que “Sin cultura no hay Orgullo”. ¿Es un movimiento que tiene vida más allá de las manifestaciones?

La LACAH surgió de la necesidad de que alguna gente que no había ido nunca, fuera a la mani. Había autores, ilustradores y demás, que habían ido a verla, pero no habían participado como manifestantes. En su día se me ocurrió que algo había que hacer y me lo inventé en una tarde. Empecé a hablar con amigos para colocarlo todo junto, la Liga Artístico-Cultural Anti-Homofobia, que era un truco de siglas para que fuera la LACAH, que es muy divertido (al fin y al cabo, el humor debe ser reivindicado en el activismo). Esto sirvió para lanzar el mensaje de que la cultura también es activismo, algo que hacía mucho que no se hacía en ningún Orgullo. La idea era reivindicar una cultura activista de alto calado, no solo una exposición o una muestra de cine ocasional. Hay que hacer cosas importantes, grandes y relevantes —como muy bien hace Fundación Triángulo con LesGaiCineMad— y creo que la LACAH removió conciencias. Ahora puede servirnos para seguir reflexionando sobre qué hacer y como volver a implementar de verdad la cultura dentro de un activismo que parece haberse olvidado de ella porque estaba más centrado en una pancarta puramente política.

Entonces, ¿activismo de calle o activismo cultural?

Todos los activismos son necesarios. Hay un activismo de calle, el pancartero, que me gusta mucho y lo he ejercido años. Hay activismos culturales, de intentar influenciar a editoriales y a autores para que se comprometan con la visibilidad. Hay activismo educativo que es ir a una clase y hablar sin tapujos de, por ejemplo, García Lorca. Hay muchos tipos de activismo y creo que todos son compatibles. Pero la clave está en que sepan interrelacionarse entre sí y lo que pasa últimamente es que hay activismos individuales que no tienen contacto con ningún otro tipo. No se puede cambiar el mundo si no sabes prestar asistencia a cuestiones concretas como animar a hacerse la prueba del VIH o acudir a denunciar una agresión, al mismo tiempo que también es necesario reivindicar una necesidad política en las calles, cambios legislativos determinados o teorizar como debe ser esa reivindicación.

Acostumbras a escribir columnas de opinión y libros de ensayo, ¿crees que la no ficción es más efectiva para remover conciencias que la ficción?

Estoy plenamente convencido de que la ficción es más efectiva: la lee mucha más gente. El problema es que, aparte de que soy investigador de formación y he trabajado muchos años en ello, desde hace un tiempo el activismo LGTB de calle se ha separado del activismo teórico. De alguna manera me di cuenta que hacia falta hacer textos teóricos accesibles para activistas a pie de calle para recuperar ese vínculo que existió en los años noventa y que ahora es muy difícil observar. Como decía Kant, sin la teoría la práctica está ciega, no sabe por donde moverse y, al mismo tiempo, sin la práctica, la teoría está manca porque no tiene como ejecutarse. Hay que recuperar eso y mi trilogía de ensayos tienen la función fundamental de intentar ilustrar el trabajo práctico del activismo, en el que también estoy involucrado.

Como autor que eres, ¿crees que algunas obras que se han gestado antes de esta concienciación colectiva sobre la diversidad necesitan ser repensadas?

Hay que tener en cuenta que no toda obra artística se manifiesta igual a lo largo del tiempo. Las canciones y el teatro se ejecutan una y otra vez de forma distinta y necesitan un actor o un intérprete, así que no creo que esté mal amoldarlas a la actualidad. Hoy en día nadie tiene problema en versionar a Lope de Vega para montar una obra como ‘El perro del hortelano’ en los que habitualmente desaparecen cientos de versos. Nadie se plantea por qué se quita esa parte que a lo mejor no cabe, es muy farragosa o no se entiende. En realidad, no es tan importante el discurso de si hay que modificar obras artísticas, tanto en cuanto reconocer que la sensibilidad social ha cambiado. Hoy en día hay una generación de jóvenes que por fin analizan y comprenden que el lenguaje es un vehículo de transmisión cultural. Cuando surgió la polémica sobre la palabra mariconez en la canción ‘Quédate en Madrid’ de Mecano, si yo hubiera sido Ana Torroja habría celebrado que hay que hacer cambios. Además, si una generación reivindica que hay que cambiar mariconez por gilipollez es posiblemente gracias a que hace treinta años alguien cantó ‘Mujer contra mujer’. Eso es lo que deberíamos celebrar, no censurar ese nuevo palpito activista que tiene una generación, sino encauzarlo y ayudar a que se desarrolle adecuadamente.

¿Cuáles son los autores u obras que consideras imprescindibles dentro la literatura LGTBI?

Creo que la etiqueta LGTB, la etiqueta identitaria, nos está haciendo más daño que beneficio. Hay que pensar en que en toda obra de cualquier momento de la historia puede haber algún aprendizaje sobre el cuestionamiento de género. Por ejemplo, ‘La vida es sueño’, de Calderón de la Barca, hace una increíble reflexión sobre el género con el personaje de Rosaura y es algo que hay que tener muy en cuenta. Aparte de eso, en lo que habitualmente conocemos como literatura LGTB aún tenemos mucho que averiguar de la relación misteriosa entre Lorca, Cernuda y Aleixandre. Los tres tienen una visión muy particular sobre la homosexualidad y, en conjunto, creo que ahí puede estar el mensaje perdido de un antiguo activismo español. Hacen falta investigadores valientes que metan el cuchillo microscópico de la crítica literaria allí y descubran un montón de cosas que todavía noto que están, pero que hace falta desempolvar. Por otro lado, si nos referimos a autores más modernos, Eduardo Mendicutti es una obligación. Creo que es la persona que mejor ha entendido en los últimos años como es la cultura camp en nuestro país y el que mejor la ha sabido llevar a las letras. También me gusta Juan Antonio González-Iglesias, que es un poeta que recupera el lenguaje de lo clásicos para hacer unos versos increíbles. Y en el teatro habría que rearticular de alguna manera el teatro de vodevil y el musical en clave gay, que parece que hemos perdido. Parece que la estética de lo camp, de lo gay, es más un reclamo comercial que lo que en origen era, una herramienta de cuestionamiento cultural de las concepciones burguesas. Hemos mercantilizado tanto lo queer que ahora, más que algo que cuestiona, es algo que se vende.

Por último, ¿qué tienes ahora entre manos?

Ahora estoy intentando sacar adelante el tercer libro de la trilogía de ensayos. El primero fue ‘La cultura de la homofobia’ (2016), el análisis de lo que está mal; el siguiente fue ‘Lo nuestro si que es mundial’ (2017), la historia del movimiento LGTB en España que de alguna manera venía a explicar que se ha hecho contra ese mal. Y ahora intento pergeñar un ensayito breve, y espero que útil, sobre lo que creo que debería ser la ideología partidaria. Es casi un manifiesto personal, de lo que pienso sobre algunos temas candentes y con eso más que adoctrinar, que jamás será mi intención, intento reabrir debates que no se cerraron bien en su momento. Es un libro que será una invitación a la reflexión sobre qué política activista tenemos que llevar de aquí en adelante porque es evidente que la que estamos llevando ahora mismo caduca. Por otro lado, siempre he querido hacer otra novela y en algún momento me gustará volver a escribir ficción, pero le tengo mucho respeto. Es una cuestión que requiere mucho tiempo, planificación y es muy difícil. Y luego tengo la idea de hacer con los maricones de antaño —los hilos de Twitter— que sea desenfadado, divertido y, frente a tres ensayos que parecen eruditos pero que tampoco lo son tanto, hacer algo que sea mucho más asequible y que reivindique todos esos referentes culturales que sigue por allí anclados en nuestra historia. En resumen, esas son las tres ideas: una novela —los dioses saben cuando—, el ensayo que saldrá supongo que el año que viene y los maricones de antaño que es, al fin y al cabo, un juguete que puede ser útil.

> Si quieres saber más de Ramón Martínez pincha aquí

> Si quieres comprar ‘La cultura de la homofobia’ o ‘Lo nuestro sí que es mundial’ pincha aquí

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: